domingo, diciembre 24, 2006

Ho, ho, ho... (versión alternativa)

Se miró las manos según corría por la avenida, oscurecida por las farolas a medio fundir. No puede ser, no puede ser, pensaba una y otra vez mientras se miraba fugazmente en los escaparates. No puede ser, se trataba de asustarle un poco, de quitarle unas cuantas sonrisas y el Saquito de Buena Voluntad, sólo para tener unas fiestas un poco menos empalagosas, únicamente eso, más borracheras, peleas de taberna y menos abuelas con beso. Mierda, mierda. Completamente cubierto de sangre, mierda, y encima cargando con el saco que llevaba el tío, que seguro que lo había sacado del Vaticano. Si sólo se trataba de un forcejeo, no pensaba que se fuera a resistir, y menos que él mismo fuera a tener tan buena puntería. Por si no tenía bastante con arder en el fuego eterno, ahora le perseguían también los del otro bando, ya lo decía su difunta madre bastante antes de convertirse en demonio auxiliar, sólo hay un pecado peor, me escuchas, Nicholas, sólo hay un pecado peor que cargarse el Espiritu de la Navidad. Claro, que aquello nunca hasta ahora lo había tomado muy en serio, porque lo dijo después de que introdujera whisky en el vino de la misa del gallo y el cura terminase cantando oh when the saints go marching in, que por otra parte hubiese sido una canción perfecta de no haberla cantado desnudo sobre el púlpito. En fin, siempre pensó que ella había exagerado... hasta ahora, hasta aquel instante en el que con la ropa completamente roja corría despavorido por media ciudad tratando de encontrar una alcantarilla, un precipicio, cualquier cosa que le hiciera descender un poco para comunicarse con sus superiores. Pero era imposible, lo único que le hacía ocultarse eran las chimeneas, pero claro, tampoco podía quedarse mucho tiempo porque los niños que le veían salir por el salón comenzaban a gritar como descosidos. Los lograba calmar dándoles lo que le había robado al Espíritu, pero aún así era mejor no quedarse a ver qué hacían.
Al amanecer terminó exhausto y entró a descansar en una iglesia. Su ropa seguía roja, con la sangre ya seca, y unos renos le lamían la nariz (sí, renos dentro de iglesia, qué pasa). Se le acercó un joven (o era una joven) guapísimo, de hecho creyó que estaba soñando, y le dio las gracias, felicidades como siempre, unas llaves y una dirección en Laponia. Pensó que en Laponia, con tanto frío, no habría más que chimeneas, ideal para seguirse escondiendo del limbo.
Después de eso durmió plácidamente acordándose de su madre, Nicholas, sólo hay un pecado peor, y es asesinar a un hermano.


Escrito por el_hombre_que a las 18:33 21 inquietos

jueves, diciembre 21, 2006

Ho, ho, ho...

El hombre de la gabardina verde salió del despacho dando un portazo. Tenía el rostro enrojecido, como si hubiera estado discutiendo contra una pared durante horas para al final darse por vencido.
— La idea es buena— había tratado de insistir—. Tu hijo, ahí abajo, por la redención de los hombres—lo decía mientras paseaba con las manos sobre su enorme barriga —, una historia con un poco de todo: para llorar, para reír, para soñar...vamos, para todos los públicos, como en eso que ahora llaman cinematógrafo. Compramos un carro de lucecitas, hacemos que todo ocurra en un lugar un tanto exótico, desierto incluido, con un par de buenas historias secundarias, y sobre todo personajes con los que identificarse, ya sabes, buenos y malos. Por supuesto, que no falten animales, persecuciones (lo más largas posible) y un final feliz, o por lo menos de esos en los que ganan los que tienen que ganar. Ya verás tú cómo propagamos mejor la fe que con las misiones.
Pero nada, cuando el Metatrón se negaba, no había quién hacerle bajar del burro. Y eso que sólo era la voz, que si llega a ser entero... En fin, un par de guerras y catástrofes naturales eran urgentes, así que fue despedido con cajas destempladas. En la salida topó de bruces con un hombrecillo enjuto, que parecía haber pasado demasiado tiempo al sol y malcuidaba un bigotito:
— No he podido evitar escuchar su conversación con Dios— le hablaba con la mano afirmada en el bolsillo, como si temiera perder algo valioso—, ya ve, estaba por aquí colocando un cartel publicitario, que con este frío nadie me compra el refresco, y le he escuchado de repente— ¿azufre? ¿Era a azufre a lo que olía?—Oiga, y a mí lo suyo sí me parece una buena idea, de hecho fantástica, sólo que hay que pulirla un poco más para que funcione. Luces, eso está bien, con fiesta en todas las calles, y buena voluntad, que hace falta. Y regalos, eh, los regalos son la mejor muestra de cariño, regalos para todos —se frotaba las manos, pero no parecía que tuviera frío—. Usted será el encargado de los regalos, claro que sí, y le diremos a todo el mundo que lo es, ya verá, lo pondremos en la tele por el bien de la buena voluntad y de los sentimientos nobles...
Según descendían en el ascensor, muy muy abajo, el hombrecillo le ofreció un abrigo nuevo, rojo, para que estuviera a tono con el resto de empleados, y le deseó por primera vez Feliz Navidad. Jo, acertó a decir Nicholas, pensando que su idea por fin había encontrado el filántropo que necesitaba. Jo, jo, jo...


Escrito por el_hombre_que a las 17:41 4 inquietos

miércoles, diciembre 13, 2006

My generation

(me ha dado por los títulos en inglés...)
(Tribuna Universitaria, 11dic6, qué frío que hace)
Tú lo dices y me lo recuerdas cada vez que te emborrachas, que un día pasamos del Comando-G al punto G y ya nada volvió a ser lo mismo. Que el pupitre de al lado pasó a ser el asiento de al lado y luego el asiento de atrás cuando la mano se escapó del cambio a la falda, y que nunca imaginaste el cambio que te esperaba cuando no te supiste esperar. Por aquel entonces no eras más alto que tus padres, y ni siquiera habías dejado de tener granos para empezar a tener dolores de cabeza y pesadillas nocturnas de las que terminaste saliendo solo, sudando y con una botella como la que me estiras, toma un trago, mientras me emborrachas y te recuerdas, cada vez más y cada vez menos, el día que pasamos del perrito piloto al piso piloto y ya nada, por supuesto, volvió a ser lo mismo. Porque tú no habías tenido que esperar un año para comprar un seiscientos, ni habías tenido, quizá tampoco ellos, que tirarle piedras al Tirano, pero lo mismo puedes contar dentro de veinte años que las utilizaste todas, y más, para levantar en el extrarradio, lejos muy lejos, unas cuantas viviendas de protección oficial. Que oficialmente salieron a concurso y extraoficialmente perdiste, porque perdiste como siempre y bebimos como nunca hasta que borrachos nos damos cuenta de que de un día para otro pasamos de Marco a la merca, con parada en los lavabos pero da igual, ya nada, en efecto nada volvió a ser lo mismo. Entonces llegar un paso por delante de los demás dejó de significar una medalla de los juegos escolares y pasó a ser bailar con La-Más-Fea, y, lo que es peor, bailar hasta el fin del fin mientras en la disco suena you’re gonna be a star mientras en la taza del baño se ve todo más blanco pero tú lo empiezas a ver todo más y más negro y me lo dices y me lo cuentas y me lloras que ahora qué, que ahora que ha pasado el circo y nos hemos quedado sólo con el pan, ahora qué vamos a hacer.
Me lo dices y te respondo, tan borracho como siempre, que puedes hacer lo que te venga en gana, que toda nuestra generación ha pasado ya la mayoría de edad. Y ya sabes: cuando puedes hacer todo estás en la situación perfecta para terminar haciendo nada.


Escrito por el_hombre_que a las 19:32 19 inquietos

lunes, diciembre 04, 2006

Comando G

(Tribuna Universitaria, 4dic06)
Sonríes y me gritas no sigas buscando, lo has encontrado, lo has encontrado, ahí. Sonríes alto, muy alto, y me aprietas el pelo entre las manos mientras empapo mi boca de tus profundos suspiros ahogados en mantequilla. Sonríes y sonríes y sonríes en círculos trazados por mi lengua, sonríe, sonríe, sonríe, te digo con las manos mientras rizo tu espalda de olvidos con las manos y recorro la línea de meta de tus piernas. Fuera menos dos grados de diciembre once lunes capital de provincia ciento setenta y dos mil habitantes; dentro me entretengo en hacer estallar todos los termómetros que encuentro viajando a velocidad concéntrica a través de los pliegues de tu escondite y sintiendo cómo comienzas a diluviar el principio del invierno.
Desde aquí no puedo ver tus sueños de maletas sin vigilia, tus locuras spot publicitario, tus doses, tus dioses y tus temores más desencajados. Desde aquí no puedo ver las veces que amaste a otros, los atardeceres que rompiste las olas contra una botella, los patios de tu infelicidad, los agujeros negros que hay en tu habitación. Desde aquí sólo tengo la perspectiva de tu sexo, húmedo, caliente y muy hospitalario, agitándose nervioso, asiendo mis labios con sus labios, entendiéndose mediante el alfabeto de las aguas. Y sólo puedo pensar que la buena vida está al sur del ombligo. Que la buena vida está al sur del cielo.
Sigues apretándome contra tu soledad y dudo si quieres darme un papel protagonista en tus sueños o únicamente que tape para siempre la hendidura que llevas entre las piernas. Me aprietas contra ti y no me vas a dejar ir pero tú te estás yendo, te estás yendo, te estás yendo un poquito más con cada centímetro que exploro, (ah).
Ya no me gusta la nocilla a la hora de la merienda, ni los amaneceres con luna, ni el cine, ni los astronautas. He creado mi propio Comando G para vigilar tus puntos más próximos a la séptima letra del abecedario y desde entonces no he vuelto a conocer la luz del día, no reconozco a mis amigos, me he borrado del video club y tengo el sabor de tu cuerpo anclado en el pecho con una cadena de hierro.
Qué más da. Tú no pienses en nada de eso, que yo no te lo contaré, sólo moveré la lengua para que sonrías y sonrías y sonrías...


Escrito por el_hombre_que a las 13:11 15 inquietos